lunes, 29 de octubre de 2012

RELATO: CONVERSACIONES SEXUALES

Hola. mistercitos. Hoy me encuentro mucho mejor y para celebrarlo, os traigo otro relato. En este caso conoceremos a Esther, una joven cuya franqueza y naturalidad no son compartidas por todo el mundo. No a todos les gusta hablar tanto como a ella, tal vez sea porque tengan mucho que ocultar. Ya se sabe, la falta de naturalidad suele conllevar la premeditada negación de oscuros secretos. 
Seguimos en contacto, mistercitos.




Mi nombre es Esther y necesito reflexionar en voz alta. Alguien se ha enfadado conmigo. Reconozco que eso es algo bastante frecuente, ya sé que no se puede simpatizar con todo el mundo por igual, pero puedo asegurar que a lo de hoy no le encuentro sentido.
Durante varios días he estado encargándome de organizar una reunión con varios de mis amigos. Parece que siempre tengo que ser yo quien se preocupe de ello y eso es algo que mi cuenta de teléfono siempre acaba notando, pero no me importa si así consigo pasar un tiempo junto a mi gente de forma relajada, algo que últimamente parece más que complicado.
Finalmente conseguí que todos nos viésemos en un bar de copas del centro. Así, después de ser yo la primera en llegar, éramos diez personas alrededor de dos mesas puestas juntas para la ocasión. A decir verdad, éramos los amigos de siempre con el añadido de las parejas de algunos.
La cuestión es que la conversación fue desarrollándose por los derroteros habituales en este tipo de reuniones. Un poquito de viejos tiempos, otro tanto de cuestiones políticas, unas cuantas críticas cinematográficas, tres minutos sobre el Paradigma de la Complejidad y a alguien se le ocurrió introducir el tema de las relaciones de pareja.
Claro, si hay algo que me guste eso es hablar, aunque también estoy satisfactoriamente capacitada para escuchar. Sin embargo, es dando a conocer mis ideas cuando me siento plena y reconozco que poseo una capacidad pasmosa para encadenar unos temas con otros, aunque no siempre de la forma más adecuada para todo el mundo. La cuestión es que poco a poco fui dirigiendo la conversación hacia el terreno sexual, que si bien tiene que ver con las relaciones de pareja, no siempre ha de estar uno emparejado para practicarlo y, mucho menos, para hablarlo.
Al principio todo fue más o menos bien hasta que, en un momento dado, para ilustrar uno de los temas que estábamos tratando se me ocurrió enumerar algunos de mis gustos sexuales y ejemplificar con, llamémosle, un caso práctico. Ya estaba yo totalmente enfrascada en mi relato cuando pude darme cuenta de que la novia de Hugo, uno de mis amigos, tal vez el más especial de todos, estaba empezando a incomodarse. Realmente no fue algo que me importase demasiado y, sin mayores preocupaciones, seguí con lo mío, para mi propio disfrute y diversión de la mayoría.
Sin embargo y tristemente, no pude llegar a la conclusión de lo que estaba contando pues la novia de mi Hugo, una estirada presuntuosa con la única virtud de mirar al resto por encima del hombro sin romperse el cuello, se dirigió a mí con un alarde de dignidad y superioridad al que si no le di importancia es porque ya estoy de vuelta de todo, que si no…
Pero una cosa es que yo no tenga en cuenta el hecho y otra muy distinta es que el hecho en sí no se haya producido y, así, el eco de sus palabras aún rebota en mi cabeza. Hasta tal punto lo hace que podría jurar que la tengo hueca y, si cierro los ojos, aún puedo escuchar a la novia de Hugo dirigiéndose a mí mientras me clavaba su reprobadora mirada.
–Oye, mira –me dijo–. Si salgo por la tarde es para pasar un rato entretenido y no para que se me revuelvan las tripas con groserías y marranadas.
¿? ¿Groserías? ¿Marranadas? Puedo jurarlo con la mano sobre la mismísima biblia. Yo no estaba hablando de marranadas, sólo de cómo me gusta hacer y que me hagan sexo oral, de lo mucho que me aburre la postura del misionero, de lo mucho que disfruto al hacerlo en lugares públicos y cosas así. Pero ¿marranadas? A mí no me lo parece. Y eso fue lo que le contesté.
–Oye, perdona, que sólo estoy hablando de sexo.
–Sí, pero lo tuyo son marranadas.
–No, sólo es sexo –respondí yo.
–Ya, pero lo haces sucio.
–Mira, guapa. El sexo sólo es sucio cuando no te lavas.
 Evidentemente la cuadriculada mujercita no captó el sentido de mis palabras, pues no dudó en mostrarse ofendida.
–¿Me estás llamando guarra?
–No, supuestamente la guarra soy yo. Tú más bien eres una remilgada.
Por supuesto, en ese momento, Hugo se vio obligado a intervenir.
–Oye, Esther. Déjalo estar, tampoco te pases.
–¿Que no me pase yo? ¿Ella es la que me llama sucia y soy yo la que se pasa?”
– ¿Qué más te da? –me dijo él–. Deja el tema ya.
A estas alturas de la conversación la parejita ya estaba empezando a minarme la moral. Pretendían hacerme callar cuando yo más ganas tenía de hablar. Y claro, eso es como juntar el hambre con las ganas de comer. Tras una breve discusión, fue él, mi propio colega quien me censuró.
–Mira, chica. Guárdate tus cosas para ti y ya está. Tampoco son tan interesantes y no tienen por qué importarnos al resto.
Pude darme cuenta de que la discusión estaba empezando a incomodar a todos los demás presentes así que, como puede que yo sea una cerda, pero jamás seré una maleducada, opté por dar por finalizada la conversación, aunque sólo fuese por respeto a los demás.
Todo esto tan sólo consigue traerme a la mente unas cuantas preguntas. Primero, ¿por qué la gente tiene tantos problemas con el sexo? Digo yo que si hablamos sin tapujos sobre lo que comemos, lo que bebemos, lo que nos duele y si hay incluso quien no tiene el más mínimo reparo para airear los trapos sucios de su prima ¿por qué debería ser diferente en lo que al sexo se refiere? ¿No se supone que es algo que todos, o casi todos, hacemos? ¿Qué hay de malo en hablarlo? ¿Por qué tiene que tratar la mayoría su sexualidad de una forma tan oscura? En lo que a mí respecta, seguiré hablando de ello como hasta ahora. Nunca me ha ido mal. De hecho, algunos de los que hoy son mis mejores amigos y amigas congeniaron conmigo por lo divertidas que les parecían mis conversaciones “sexuales”.
En fin, allá cada uno. Como ya he dicho, la conversación terminó en ese momento. La novia de Hugo dibujó en su rostro una expresión que denotaba la satisfacción de saberse ganadora, pero lo que ella no sabe es que su novio, el que tanto defiende su recato oral, también está de acuerdo en eso de no hablar de lo que se hace en la cama, pero no por los motivos que ella cree. Él prefiere no hablar de sus prácticas sexuales porque si se pusiese a contar todo lo que hace en posición horizontal a ella no le saldrían las cuentas y diría –“No, cari. Eso no lo hacemos”. Y es cierto, ella no lo hace, pero él sí. Puedo jurarlo, lo sé de primerísima mano, la mía propia. Y por mí así puede seguir siendo, que no seré yo quien vaya a explicarle a ella lo que es sucio realmente. Aunque podría hacerlo, para que controle sus aires de superioridad. Pero no, lo dejaré todo como está. Por mí ya pueden darle por el culo. Claro, si no es demasiado sucio para ella.




11 comentarios:

  1. Me suena montón esta historia!!!!

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  2. No quiero leer tanto

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  3. buena historia !! miren las cubanas que encontré y no son nada Remilgadas jajajajaja
    http://cubacrazysex.blogspot.com

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  4. Al qiero q me lo coja

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