
¿Qué tal, mistercitos? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien estrangularíais sin el menor de los problemas para quedaros a continuación más anchos que largos? A mi es algo que me pasa constantemente y supongo que, no tardando mucho, me encontraréis posteando desde una “confortable” celda, lo cual no dejará de ser una gran fuente de inspiración para escribir.
Por lo pronto consigo canalizar mis instintos asesinos y usar la cabeza en vez de las manos, pero no sé cuánto tiempo más podré contenerme. Y como no, la mayor gentuza que se puede conocer me la termino encontrando siempre en el plano laboral. A lo largo de todos estos años he buscado el reconocimiento profesional a través del trabajo duro. He de decir que eso está muy bien, pero he podido comprobar que esa consigna no es suficiente. Está claro que para prosperar en cualquier empresa es necesario tesón y esfuerzo, pero si no lo acompañas con un tanto de intriga, inteligencia maquiavélica y mala leche no tienes nada que hacer.
Durante mucho tiempo me convencí a mí mismo de que nunca sería un lameculos, ya que prefería mantener intacta mi dignidad y estar a gusto conmigo mismo. Y así me fue… Siempre que sobraba alguien en la empresa de turno me tocaba unirme al grupo de los que se iban mientras veían como otra gente menos cualificada, pero con menos escrúpulos que los que uno pudiese manifestar se acomodaban en un puesto que no merecían. Y claro, el ser humano también tiene sus límites.
Por eso decidí probar a tragarme mi orgullo si con eso conseguía beneficios propios con los que estar más orgulloso. Y la cosa cambió, vaya si cambió. La última empresa en la que he puesto mis pies es un lugar en el que, francamente, estoy muy contento. Empecé para cubrir un puesto en verano y finalmente he conseguido quedarme indefinidamente. Y todo hubiese sido estupendo si no fuese por una cosa, bueno… persona. ¡No! ¿Qué digo? Eso no es una persona, es una cosa. Y es que las personas realizan acciones, se mueven, desempeñan una función y las cosas son objetos inmóviles que por sí solos no hacen nada. Así que creo que la definición de cosa se ajusta mejor a la realidad que la de persona. Me estoy refiriendo al gerente de la empresa, un ser anodino, déspota y por completo inepto. Seguro que os habéis encontrado con gente así, elementos que poco hacen por demostrar el merecimiento del puesto que ocupan y cuya única forma de destacar profesionalmente es echar por tierra el trabajo de los demás. Yo ya he conocido a bastantes individuos como este, así que no estaba dispuesto a dejar que él se luciese a base de machacarme a mí.
Por eso empecé a observar a mi jefe e intentar calibrar cuál era la mejor forma de ser su ojito derecho. Y así me convertí en lo que yo más siempre había odiado, un lameculos. Lo cierto es que resulta bastante fácil, por lo menos para mí lo fue. Si además eso lo aliñas con una, digamos exagerada, preocupación por las labores a realizar no tardas en tener a un jefe que te adora. El primer paso estaba hecho.
El siguiente era conseguir que mí “estimado” gerente quedase como lo que era, un descomunal vago que conseguía que todo el mundo perdiese el norte a base de poner de los nervios al personal. Para eso tuve que ganarme a media plantilla, gente a la que nunca le agradeceré lo suficiente el haberme ayudado a conspirar desde las sombras. Supongo que la idea de quitar a este personaje de en medio para que yo ocupase su lugar les pareció más atrayente que la situación vigente en ese momento.
No creáis que todo fue un camino de rosas. Tragarse el orgullo no es algo fácil, por lo menos en mi caso y tener que hacerme amigo del gerente, fingiendo que tenía simpatía por él casi me hace vomitar la bilis en más de una ocasión. Aún así lo hice, pues siempre consideré mejor no levantar sospechas en mi abominado rival.
De esta manera, poco a poco, entre todos conseguimos abrirle los ojos al jefe y ver que el individúo que él había colocado en el puesto de mayor confianza no merecía tal consideración. Y así, la actitud del dueño de la empresa hacia el que había sido su empleado favorito comenzó a cambiar. Evidentemente, nuestro repudiado protagonista se dio cuenta de que algo ocurría y de que su puesto peligraba, pero ahí estaba yo para pasarle la mano por la espalda y tranquilizarle. Y así fue como metió la pata.
En su desesperación me hizo partícipe de sus planes, planes que pasaban por el chantaje. De alguna forma, él se había enterado de unos supuestos devaneos extramatrimoniales que nuestro jefe se traía entre manos y me confesó que estaba dispuesto a amenazarle con irle con el cuento a la jefa consorte (es decir, la mujer del jefe) si éste no le mantenía en su puesto.
Con aquella información en mis manos casi me vuelvo loco. No sólo había llegado el momento de darle al tipo este la puñalada, sino también de hundirle el cuchillo hasta el fondo. De este modo, cuando mi jefe llegó ese día me fui hacia él con la mayor consternación que pude dibujar en mi cara, me lo llevé a parte y le hice conocedor de todos estos hechos, dejando clara mi preocupación por llevar las cosas de una forma discreta, todo para evitar un escándalo pues a estas alturas mi aprecio por mi jefe era tan grande que no quería yo ponerle en una situación comprometida (supongo que con esto ya me habré ganado el infierno, por falso y mentiroso).
Ese mismo día el infeliz gerente recibió la noticia de que al día siguiente se tomaría las vacaciones que por contrato se le debían para luego no volver. Creo que mi integridad física nunca peligró tanto como en ese momento pero, afortunadamente para mí, la sangre no llegó al río.
Sin embargo, la labor todavía no estaba terminada. Quedaba un último detalle por llevar a cabo. Durante los siguientes días yo me auto relegué a un discretísimo segundo plano, limitándome únicamente a cumplir lo más eficientemente posible mis funciones mientras mis compañeros se encargaban de ayudar al jefe a ver quién podría ser la persona más idónea para ocupar el puesto vacante.
Y así es como ahora vosotros estáis leyendo al nuevo gerente de mi empresa. Disfruto de un horario mejor y de una notable subida de sueldo. Cierto es que ahora tengo más responsabilidades, pero puedo con eso y más. Lo mejor de todo es que mi jefe cree que soy gerente porque se le ha ocurrido a él, cuando la verdad es que hace ya mucho tiempo que yo había decidido que ese sería mi lugar.
¿Y cuál es la moraleja de toda esta experiencia? Pues que todo eso del orgullo y la dignidad está muy bien, pero a la hora de la verdad todos queremos comer y esto es la ley de la selva. Sigo sin ser partidario de maquinar en contra de otros, pero también estoy convencido de que cuando te buscan te tienen que encontrar. ¿No pensáis vosotros lo mismo?
Un saludo, mistercitos…
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7 mistercitos dicen:
Es triste pero es así. Ya no es suficiente con ir a trabajar y cumplir lo mejor que uno sepa. El mundo laboral se ha convertido en una vorágine en la que pisas o te pisan.
¡Felicidades por el ascenso!
Pues bien por ti. Hay demasiada gente que vive del cuento acomodada en puestos que les vienen grandes y que no merecen. Y lo peor de todo es que parece que nadie se decide a ponerlos en su sitio.
Pues has sabido ser listo, que a fin de cuentas es lo que hace falta para sobrevivir hoy en día. Eso sí, espero que nadie de tu trabajo sepa nada sobre este blog, porque se te puede descubrir el tomate.
Creo que ya lo has dicho tu alguna vez y tienes razón, M. Conservar un trabajo es lo mismo que ganar Gran Hermano. Hay que estar mas preocupado de la estrategia que llevas que del trabajo en si.
Yo no conozco el mundo de la empresa primvada, pues pertenezco al funcionariado. Eso me ha hecho aspirar a poco, pero estar seguro en mi puesto, del que soy único dueño. Sinceramente, jefe M, o esta historia es ficticia o la realidad supera a la ficción. No me parece muy normal que una persona, en este caso tú, cambie 180 grados en su actitud; de hecho, no conozco a nadie que lo haya hecho, no sé si lo ha intentado alguien de mis conocidos. En segundo lugar, pintas muy fácil tu triunfo, puesto que lograste el respaldo de unos compañeros que, por lo visto, son modélicos, y también algo ingenuos, pues no se percataron de que estabas sobando al jefe, por último, ese gerente... ¿no se defendió desde su puesto? NO sé, no sé. Para terminar, yo no estoy de acuerdo en absoluto con lo que quieres dar a entender y los anteriores comentaristas han apoyado. A mí me parece (o sea, está más de acuerdo con mi carácter y mi forma de pensar) que las cosas no se arreglan SIEMPRE a mamporrazos. Y digo más, si alguna vez lo he intentado, me ha salido mal. Y estoy seguro de que me seguirá saliendo mal si vuelvo a intentarlo.
Jaramos, te puedo garantizar que esta historia es muy real.Por otro lado te diré que si hubieses tenido las mismas decepciones que yo a nivel laboral entenderías el cambio radical en mi actitud, pues el aguante tiene un límite y cuando ves que el camino que tu crees el correcto no te lleva a nada no te queda otra que cambiar. Tendría que ponerme a explicarte ahora toda mi vida para que comprendieses lo fácil que se me ha hecho cambiar las cosas que tengo que cambiar en mi modo de ser, pero tampoco se trata de narrar aquí mi existencia.
En cuanto a lo que dices de mis compañeros tengo que aclararte que no son ingénuos ni modélicos. Se trataba de librarse de alguien que molestaba y mucho, con lo cual el objetivo a conseguir también era beneficioso para ellos. El proponerme a mi para el puesto era algo pactado, ya que nadie quería responsabilidades y yo no tenía problema en hacerme cargo.
Y no te creas que el triunfo ha sido fácil, pues leído son unos minutos pero en la práctica fue cosa de un año.
Por otro lado, me alegro de que no estés de acuerdo con arreglar las cosas a mamporrazos. Eso significa que no lo has necesitado. Yo tampoco estaba de acuerdo hace tiempo pero ¿qué harías tú cuando ya te han pisoteado cientos de veces? ¿Seguir predicando la paz, el amor libre y el poder del diálogo desde el suelo? Te puedo asegurar que yo me cansé de ello. De todos modos, te invito a que leas de nuevo el último párrafo. Este tipo de comportamientos no es de mis favoritos y siempre estaré a favor de arreglar las cosas con buena voluntad, pero hasta un límite.
Sea como sea, gracias por comentar y por llevarme un poco la contraria, algo que hace que el debate no sea siempre unidireccional, de lo cual me alegro.
Un saludo...
Re-leído el último párrafo. Y, una vez re-pensado, tengo que decir: tal vez es que he tenido mucha suerte y no he debido plegarme a la ley de la selva, ni apenas sufirla en mis carnes laborales o profesionales. Lo siento, jefe M, por los que no han/habéis sido tan afortunados. Lo cual no quiere decir que me haya salido todo bien y todo el monte haya sido orégano, claro. (Soy breve, porque ya voy a leer el siguiente post tuyo. Mmm., me parece que me estoy medio-enganchando. Jeje.)
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