martes 15 de diciembre de 2009

MR. M Y EL AMIGO INVISIBLE


Bueno, mistercitos. Pues ya es Navidad en El Corte Inglés y en el Blog de Mr. M. Ahora sólo hay que esperar a que lo sea en el resto del mundo. Como sabéis, esto cada vez se adelanta más y no será extraño el día en el que empecemos a rumiar turrón bajo una sombrilla en la playa.
Para ir abriendo boca, el mes de diciembre comienza con las cenas navideñas de empresa. Y raro es que falte algún iluminado al que se le ocurra llevar a la práctica esa endemoniada trampa mortal que es el ritual de fin de año del “amigo invisible”. Sabéis de lo que hablo, ¿cierto? Ese estúpido juego consistente en introducir los nombres de todos los miembros de la empresa en una bolsita y hacer un regalo a aquel cuyo nombre figure en el papelito que has extraído de la misma.
Después de pasar por esta situación en tres ocasiones ya, he decidido no volver a participar. Me es absolutamente indiferente que si no me uno al juego se desequilibren las parejas. Vamos, que me importa tanto como saber dónde han ido a parar los dientes de Berlussconi. Y que nadie me pida que haga un esfuerzo. Aquí que podéis venir a decirme que soy un antisocial y un aguafiestas. “No” es la palabra mas sencilla de entender en cualquier idioma. Si ya tengo problemas con los amigos tangibles y palpables, imaginaos con los invisibles.
Y es que el rollito este casi nunca termina bien. Veamos, supongo que no soy el único con la extraña virtud de no acertar nunca con el regalo que pretendo hacer. No suele haber problema cuando es para alguien de mi círculo íntimo, pero a alguien a quien saludas cada dos días y poco más ¿qué coño le regalas? En estos casos suelo solicitar la ayuda de alguien para que me asesore en mi compra. Incluso, si se presenta la ocasión, trato de enviar a alguien como mensajero para que se encargue del trabajo sucio y averigüe qué leches es lo que mi “amigo invisible” espera recibir. Y claro, con estos asuntos de espionaje y dudosas expectativas se agarra uno tales sofocones que la úlcera del estómago se convierte en un butrón.
Y, por norma general, todos estos esfuerzos tienen como resultado final la amarga mezcla de la decepción y la frustración. Ya puedes haber hecho un esfuerzo titánico y un extraordinario trabajo de investigación, ya puedes haber conseguido, por ejemplo, ese puñetero disco de ese jodido cantautor del que no han oído hablar ni en la más inmunda tasca de su barrio pero que, para tu desgracia, tu compañero sí que conoce, ya puedes haberte dejado medio sueldo en bebidas energéticas para conservar las fuerzas necesarias para encontrar en alguna maldita parte la edición especial de su último lanzamiento discográfico, ya puedes haber hecho lo imposible, cuando finalmente le entregas el regalo a su destinatario, orgulloso de haber puesto toda la carne en el asador (casquería incluida) para sorprenderle, este lo recibe con un raquítico “gracias” para seguidamente dejarlo caer sobre la mesa y seguir hablando con su interlocutor. Por supuesto sabes que, en ese momento, la mejor opción para ti, meterle por el culo la caja abierta del disco y degollarle con el cd, no sería muy bien vista por los demás.
Sin embargo, a pesar de lo que pudiese parecer, todavía podría ser todo peor. ¿Que no? Imaginaos la bonita sorpresa de que el dichoso “amigo invisible” sea… ¡el jefe! ¡Acabáramos! Que hayas pasado interminables noches de invierno en vela fantaseando con la idea de sacarle los ojos a este hombre con un calzador no significa que le odies y que a él o a ella no la haga ilusión recibir su regalito. Pero, ¿qué mierda le regalas a tu jefe en Navidad? Ese sí que es un auténtico estrés, pues cualquier cosa que le compres podría ser síntoma de algo que no te dejase en buen lugar. Si, por ejemplo, le regalas una camisa ¿significa eso que eres un mediocre falto de imaginación? ¿Y si le obsequias con una botella de whisky Etiqueta Negra? Eres un pretencioso, fijo, y si encima tiene problemas con el alcohol el san benito de capullo inoportuno no te lo quita ya nadie. Si le regalas un libro, por ejemplo el de David Fishman y su secreto de las siete semillas esas, te mirará sonriente para, en cuestión de segundos, ensayar su mejor gesto de desprecio y/o desdén. Y es que un subalterno nunca debería decirle a su jefe lo que debe saber. Total, que gastar demasiado poco no es una opción y gastar mucho es un riesgo.
Para no dejar de aderezar esta ensalada de infortunios y despropósitos nunca faltará en este tipo de reuniones el infalible y tradicional cotilla de turno. Desde el principio de la cena está al acecho, como anciana ávida de información, pasando lista a todas y cada una de las maravillas regaladas, indagando sobre las tiendas en las que están adquiridas y, como no, el dinero gastado porque “¡Uy, que bonito es ese! Es que quiero comprarle uno igualito a mi tía Conchita”… y cuando te das la vuelta ¡zas! El puñal ya está en tu espalda y, lo que es peor, lo retuercen con una saña y un sadismo extremos porque “ya hay que tener mal gusto para comprar algo tan chungo y con tan poca clase”.
Y no quisiera yo entrar a formar parte de este grupo de chismosos, pero no me negaréis que hay personas que te compran el primer truño gordo que se les pasa por la cabeza con tal de salir del paso. Y cuando digo “truño” no estoy refiriéndome a ese tipo de regalo que por capricho del destino simplemente no te gusta. Eso podría pasarse por alto, pero el truño gordo no. Hablo de esas personas que o bien por no gastarse unos euros que luego desperdiciarán en un tinto barato, o bien porque el interés que tienen por ti es el mismo que le pueden profesar a una de esas pintorescas cagadas que adornan nuestras aceras, no se toman la molestia de pensar en un regalo para ti. Claro, al verse con las manos vacías no les queda otra que acudir a la sinagoga de los necios… la tienda de los chinos de la esquina. Y ahí que se te presentan con sus santos cojones trayéndote un boli-calendario o una figura de plástico de una tía en bolas que cuando la enchufas (a la corriente) se le iluminan los pezones o una caja con tres pañuelos de tela barata o un billetero que si hubiesen pretendido diseñarlo horroroso no les hubiera quedado tan feo.
Y eso en el mejor de los casos, porque los hay que, por no llevar, no se llevan ni a ellos mismos y se saltan olímpicamente la reunión de intercambio de regalitos. Y tú, que por una vez estabas ilusionado por recibir tu obsequio, no te queda otra que hacerte el tonto, mirar a los lados y silbar bajito. Los hay que acaban sintiendo lástima por ti y te dan un regalo días después, pero otros… otros se hacen los locos y si te he visto no me acuerdo.
En resumen, cualquier lugar y cualquier ocasión son buenos para ser testigos de la miseria humana. Así pues, mistercitos, os lo digo por adelantado. Ya le pueden ir dando a todo el mundo, pero conmigo que no cuenten porque, al final, entre navidades, carnavales, valentines, bodas y comuniones, el que sale ganando es siempre el mismo. ¿Quién? Pues El Corte Inglés. ¿No os he dicho antes que allí ya es navidad?
Un saludo y nada más…

3 mistercitos dicen:

eiffel dijo...

Si es que es verdad, si te paras a pensarlo estás todo el año gastándote pasta en regalos. Además de todas estas fechas señaladas hay que sumar también cumpleaños y aniversarios. Y todavía hay quien le queda ganas de cuando se va de viaje andar comprando más regalitos todavía.

MORNEO dijo...

A mi me toca la semana que viene y la verdad que es un rollo. No tengo ni idea de que comprarle a la compañera que me ha tocado. Que ganas de complicarlo todo, con o bien que estaría una simple cena y ya.

lucho dijo...

Yo encuentro que eso del amigo invisible es una estupidez que solo sirve para gastar mas dinero. Ya hay que tener ganas de andar haciendo regalos a gente que normalmente no se los haríamos si no fuese por esa chorrada.

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